Quién iba a pensar que las alcantarillas de la ciudad iban a traerle tantos problemas. Kellen de los Kaendros había sido el encargado de cuidar a los otyught que su familia tenía bajo las alcantarillas. La idea parecía muy buena en la teoría, estas bestias habían sido capturadas hacía siglos por sus antecesores, y eran cuidadas por su casta, generación tras generación, para que pudiesen servir como recicladores de la basura que no fuese expulsada por el río.
Generalmente, los seeseños eliminaban sus detritos y la basura arrojándolos al río. Un intrincado sistema de alcantarillado recorría la ciudad en todo su perímetro, bajo la superficie, recogiendo las aguas fecales y los desechos de las Cuatro Casas, para conducirlas hacia el río, justo donde éste salía de la ciudad. De esta forma, los Seeseños mantenían la ciudad limpia.
Sin embargo, no todas las casas estaban conectadas al sistema de alcantarillado, y algunas otras, por motivos de seguridad, querían garantizarse que sus basuras fuesen destruidas y no quedasen expuestas a cualquiera que estuviese lo suficientemente interesado como para rebuscar por las alcantarillas.
Cierto era que seguramente nadie pudiese recoger los desechos de las casas y utilizarlos contra sus propietarios, pero las Cuatro Casas poseían demasiados muertos en le armario como para arriesgarse.
Además, la llegada de la caravana había puesto de manifiesto que aunque durante casi mil años del exterior no había llegado nada más que locura y criaturas enloquecidas por la Plaga, era posible que al final del curso del río existiese algún asentamiento que pudiese recibir lo que los seeseños tan despreocupadamente arrojaban al río, en la creencia de que la Plaga mantendría sus secretos a salvo.
La reciente interconexión entre ciudades, que crecía día a día, hacía que la información que otrora era inservible por la lejanía y la inaccesibilidad de otros núcleos urbanos, ahora fuese un elemento a utilizar en su contra.
Así, los otyughts de Kellen habían redoblado su importancia como garantes de los secretos de las casas. Kellen y los suyos recibían una fuerte cantidad de ingresos para garantizar que eso seguía siendo así.
Pero a veces uno de sus niños se escapaba, y Kellen debía recuperarle antes de que saliese a la superficie y causase grandes daños, de esos que sólo una bestia hambrienta que cae sobre una ciudad desprevenida puede causar.
El olor era nauseabundo, pero el olfato de Kellen estaba acostumbrado a la presencia de las bestias, que desprendían por sus poros el repugnante olor de su pútrida comida a todas horas del día. Por ello, el Kaendros raras veces entablaba conversación con nadie que no fuese de su casta, si no era realmente necesario. Ese olor se pegaba a las ropas, a la piel, y era difícil eliminarlo incluso con los extraños jabones que los dragómadas traían a Seesa.
Un ligero sonido retumbó en la alcantarilla, y Kellen hizo una señal a sus compañeros para que se detuviesen. Reconocería el rugido de su protegida aunque estuviese sordo. Estaban lejos, y seguramente las abovedadas paredes de la alcantarilla dispersarían en sonido, pero Kellen casi podría asegurar que el otyught estaba en problemas, cerca del centro de la ciudad.
Temeroso de perder a la criatura a su cargo, Kellen ordenó a los soldados Kaendros que corriesen tras de él, mientras se lanzaba a una enloquecida persecución en dirección a donde se encontraba el Cementerio de los Patriarcas.
Tras varios minutos de jadeos y tropezones en el resbaladizo suelo, Kellen dobló un recodo y encontró a su presa. Allí, en una sala de rocas viejas localizó a su criatura, pero no estaba sola.
Rodeándola, media docena de tambaleantes figuras intentaban acosarla, buscando su carne.
- Muertos vivientes, – gritó para alertar a sus guardias.
Un grupo de zombis estaba acosando a su otyught y éste se defendía como podía de las voraces criaturas.
A sus pies, los restos destrozados de dos de ellos indicaban que los hambrientos muertos quizás habían intentado morder más de lo que podían devorar. Sin embargo, Kellen no estaba dispuesto a arriesgarse y que la criatura contrajese alguna enfermedad, o sufriese algún daño irreparable.
De debajo de su túnica sacó una varita comprada por su Casa a los magos de Círculo de fuego, para acto seguido invocar la palabra de activación: keladoras
Un calor rojizo le cegó, obligándole a cerrar sus párpados, mientras que la bola de fuego cruzaba la bóveda e impactaba en el grueso de criaturas, lejos del otiught. La mayoría ardieron por el fuego, mientras que el resto era despezadazo por los guardias.
El otyught rugió asustado, pero Kellen estaba preparado. Levantó la mano, y el anillo de dominación contra estas criaturas hizo su trabajo. La bestia se calmó, y bajó sus tentáculos mansamente.
El viaje de regreso a casa sería cansado, pues debía mantener la concentración para que la bestia le obedeciese, pero al menos había cumplido su misión sin ninguna pérdida.
Esa noche, no sería castigado.



